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Consuelo Mendoza García

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Las relaciones y los valores familiares según la Biblia PDF Imprimir E-Mail
miércoles, 14 de enero de 2009
CIUDAD DE MÉXICO, miércoles, 14 enero 2009. Conferencia inaugural del Congreso Teológico Pastoral de preparación al VI Encuentro Mundial de las Familias que pronunció el padre Raniero Cantalamessa, ofmcap, con el título “Las relaciones y los valores familiares según la Biblia”.

“Las relaciones y los valores familiares según la biblia”

Congreso Teológico-Pastoral de preparación al VI Encuentro Mundial de las Familias
Ciudad de México, 14 de enero de 2009

Dividiré mi intervención en tres partes. En la primera ilustraré el proyecto inicial de Dios sobre el matrimonio y la familia y cómo se realizó en la historia de Israel; en la segunda parte hablaré de la recapitulación obrada por Cristo y de cómo se interpretó y vivió en la comunidad cristiana del Nuevo Testamento; en la tercera parte procuraré contemplar qué puede aportar la revelación bíblica a la solución de los problemas actuales del matrimonio y de la familia.

Dirigiré mi atención a lo que funda la familia, y por lo tanto el matrimonio y la relación de pareja, porque creo que sobre ello la Biblia tiene una palabra siempre actual que pronunciar, más que sobre la familia como realidad social y sobre las relaciones dentro de ella, contexto en el que la Biblia refleja una cultura muy distinta de la de hoy. Por lo demás sabemos que una buena relación entre los progenitores es la condición básica para que la familia pueda desarrollar un papel educador respecto a los hijos. Muchos dramas juveniles de hoy son fruto de matrimonios disgregados o disfuncionales.


I PARTE

Matrimonio y familia: proyecto divino y realizaciones humanas en el Antiguo Testamento

1. El proyecto divino

Se sabe que el Libro del Génesis tiene dos relatos distintos de la creación de la primera pareja humana que se remontan a dos tradiciones diferentes: la yahvista (siglo X a. C.) y la más reciente (siglo VI a. C.) llamada "sacerdotal".

En la tradición sacerdotal (Gn 1, 26-28) se crea simultáneamente al hombre y a la mujer, no a uno del otro; se pone en relación el ser varón y mujer con el ser a imagen de Dios: “Creó Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó”. El fin primario de la unión entre el hombre y la mujer se contempla en ser fecundos y llenar la tierra.

En la tradición yahvista (Gn 2, 18-25), la mujer es obtenida del hombre; la creación de los dos sexos se ve como remedio a la soledad (“No es bueno que el hombre esté solo; voy a hacerle una ayuda adecuada”); más que el factor procreador, se acentúa el factor unitivo (“El hombre se unirá a su mujer y los dos serán una sola carne”); cada uno es libre ante la propia sexualidad y la del otro: “Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, pero no se avergonzaban el uno del otro”.

En ninguna de las dos redacciones se alude a una subordinación de la mujer al hombre, antes del pecado: los dos están en un plano de absoluta igualdad, aunque la iniciativa, al menos en el relato yahvista, es del hombre.

La explicación más convincente del porqué de esta "invención" divina de la distinción de sexos la he encontrado en un poeta, Paul Claudel, no en un exégeta:

“El hombre es un ser orgulloso; no había otro modo de hacerle comprender al prójimo que introduciéndolo en la carne. No había otro medio de hacerle entender la dependencia y la necesidad, más que mediante la ley de otro ser diferente [la mujer] sobre él, debida al sencillo hecho de que existe” [1].

Abrirse al otro sexo es el primer paso para abrirse al otro, que es el prójimo, hasta el Otro con mayúscula, que es Dios. El matrimonio nace bajo el signo de la humildad; es el reconocimiento de dependencia y por lo tanto de la propia condición de criatura. Enamorarse de una mujer o de un hombre es realizar el acto más radical de humildad. Es hacerse mendigo y decirle al otro: “No me basto a mí mismo, necesito de tu ser”. Si, como pensaba Schleiermacher, la esencia de la religión consiste en el "sentimiento de dependencia" (Abhaengigheitsgefuehl) frente a Dios, entonces la sexualidad humana es la primera escuela de religión.

Hasta aquí el proyecto de Dios. No se explica, sin embargo, la continuación de la Biblia si, junto al relato de la creación, no se tiene en cuenta también el de la caída, sobre todo lo que se dijo a la mujer: "Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos: con dolor parirás los hijos. Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará" (Gn 3,16). El predominio del hombre sobre la mujer forma parte del pecado del hombre, no del proyecto de Dios; con aquellas palabras Dios lo preanuncia, no lo aprueba.

2. Las realizaciones históricas

La Biblia es un libro divino-humano no sólo porque tiene por autores a Dios y al hombre, sino también porque describe, intercaladas, la fidelidad de Dios y la infidelidad del hombre; no sólo por el sujeto que escribe, sino también por el objeto de la Escritura. Esto aparece particularmente evidente cuando se confronta el proyecto de Dios sobre el matrimonio y la familia con su actuación práctica en la historia del pueblo elegido.

Es útil registrar las deficiencias y las aberraciones humanas para no sorprendernos demasiado de lo que sucede a nuestro alrededor y también porque demuestra que el matrimonio y la familia son instituciones que, al menos en la práctica, evolucionan en el tiempo, como cualquier otro aspecto de la vida social y religiosa. Siguiendo en el Libro del Génesis, ya el hijo de Caín, Lámek, viola la ley de la monogamia tomando dos mujeres. Noé, con su familia, aparece como una excepción en medio de la corrupción general de su tiempo. Los propios patriarcas Abraham y Jacob tienen hijos de varias mujeres. Moisés autoriza la práctica del divorcio; David y Salomón mantienen un verdadero harén de mujeres.

Las desviaciones sin embargo parecen, como siempre, más presentes en las cúpulas de la sociedad, entre los jefes, que al nivel del pueblo, donde el ideal inicial del matrimonio monogámico debía ser la norma, no la excepción. La literatura sapiencial -Salmos, Proverbios, Sirácida-, más que los libros históricos (que se ocupan precisamente de los jefes), nos permite hacernos una idea de las relaciones y de los valores familiares que se tienen en consideración y se viven en Israel: la fidelidad conyugal, la educación de la prole, el respeto a los padres. Este último constituye uno de los Diez Mandamientos: "Honrar padre y madre".

Más que en las transgresiones prácticas individuales, el desapego del ideal inicial es visible en la concepción de fondo que se tiene del matrimonio en Israel. El oscurecimiento principal está relacionado con dos puntos básicos. El primero es que el matrimonio, de ser un fin, pasa a ser un medio. El Antiguo Testamento, en su conjunto, considera el matrimonio como "una estructura de autoridad de tipo patriarcal, destinada principalmente a la perpetuación del clan. En este sentido hay que comprender las instituciones del levirato (Dt 25, 5-10), del concubinato (Gn 16) y de la poligamia provisional" [2]. El ideal de una comunión de vida entre el hombre y la mujer, fundada en una relación personal y recíproca, no se olvida, pero pasa a un segundo plano respecto al bien de la prole.

El segundo grave oscurecimiento se refiere a la condición de la mujer: de ser compañera del hombre, dotada de igual dignidad, aparece cada vez más subordinada al hombre y en función del hombre. Esto se ve hasta en el tan celebrado elogio de la mujer del Libro de los Proverbios: "Una mujer completa, ¿quién la encontrará? Es mucho más valiosa que las perlas..." (Pr 31, 10 ss). Se trata de un elogio de la mujer realizado enteramente en función del hombre. Su conclusión es: ¡feliz el hombre que posee tal mujer! Ella le teje bellas vestiduras, honra su casa, le permite caminar con la cabeza alta entre sus amigos. No creo que las mujeres estén hoy entusiasmadas con este elogio.

Los profetas tuvieron un papel importante al devolver a la luz el proyecto inicial de Dios sobre el matrimonio, en particular Oseas, Isaías, Jeremías. Asumiendo la unión del hombre y de la mujer como símbolo de la alianza entre Dios y su pueblo, como reflejo volvían a poner en primer plano los valores del amor mutuo, de la fidelidad y de la indisolubilidad que caracterizan la actitud de Dios hacia Israel. Todas las fases y las vicisitudes del amor esponsal se evocan y emplean con este fin: el encanto del amor en el estado naciente en el noviazgo (Cf. Jr 2, 2); la plenitud del gozo el día de la boda (Cf. Is 62, 5); el drama de la ruptura (Cf. Os 2, 4 ss) y finalmente el renacimiento, lleno de esperanza, del antiguo vínculo (Cf. Os 2, 16; Is 54, 8).

Malaquías muestra la beneficiosa repercusión que el mensaje profético podía tener sobre el matrimonio humano y, en especial, sobre la condición de la mujer. Escribe:

"El Señor es testigo entre tú y la esposa de tu juventud, a la que tú traicionaste, siendo así que ella era tu compañera y la mujer de tu alianza. ¿No ha hecho él un solo ser, que tiene carne y espíritu? Y este uno, ¿qué busca? ¡Una posteridad dada por Dios! Guardad, pues, vuestro espíritu; no traiciones a la esposa de tu juventud." (Ml 2,14-15).

A la luz de esta tradición profética hay que leer el Cantar de los Cantares. Éste representa un renacimiento de la visión del matrimonio como atracción recíproca, como eros, como encanto del hombre ante la mujer (en este caso, también la mujer ante el hombre), presente en el relato más antiguo de la creación.

Se equivoca, en cambio, cierta exégesis modera que interpreta el Cantar de los Cantares exclusivamente en clave de amor humano entre un hombre y una mujer. El autor del Cantar se sitúa dentro de la historia religiosa de su pueblo, donde el amor humano había sido asumido por los profetas como metáfora de la alianza entre Dios y el pueblo. Oseas ya había hecho de su propia situación matrimonial una metáfora de las relaciones entre Dios e Israel. ¿Cómo pensar que el autor del Cantar prescinda de todo ello? La lectura mística del Cantar, querida a la tradición de Israel y de la Iglesia, no es una superposición posterior, sino que está de alguna manera implícita en el texto. Lejos de restar algo a la exaltación del amor humano, le confiere un esplendor y una belleza nueva.


II PARTE

Matrimonio y Familia en el Nuevo Testamento

1. La recapitulación del matrimonio por parte de Cristo

San Ireneo explica la "recapitulación (anakephalaiosis) de todas las cosas" obrada por Cristo (Ef 1,10) como un "recobrar las cosas desde el principio para conducirlas a su cumplimiento". El concepto implica a la vez continuidad y novedad, y en este sentido se realiza de modo ejemplar en la obra de Cristo respecto al matrimonio.

a. La continuidad

El capítulo 19 del Evangelio de Mateo basta, por sí solo, para ilustrar los dos aspectos de la recapitulación. Veamos ante todo cómo recobra Jesús las cosas desde el principio.

"Se le acercaron unos fariseos que, para ponerle a prueba, le dijeron: ¿Puede uno repudiar a su mujer por un motivo cualquiera? Él respondió: ‘¿No habéis leído que el Creador, desde el comienzo, los hizo varón y hembra(Gn 1, 27), y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne? (Gn 2, 24). De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre'" (Mt 19,3-6).

Los adversarios se mueven en el restringido ámbito de la casuística de escuela (si es lícito repudiar a la mujer por cualquier motivo, o si se requiere un motivo específico y serio); Jesús responde retomando el problema de raíz, desde el inicio. En su cita, Jesús se refiere a los dos relatos de la institución del matrimonio; toma elementos de uno y de otro, pero de ellos evidencia sobre todo, como se ve, el aspecto de comunión de las personas.

Lo siguiente en el texto, sobre el problema del divorcio, también se orienta en esta dirección; reafirma, de hecho, la fidelidad e indisolubilidad del vínculo matrimonial por encima del bien mismo de la prole, con el que se habían justificado en el pasado poligamia, levirato y divorcio.

"Le objetaron: Pues ¿por qué Moisés prescribió dar acta de divorcio y repudiarla? Les respondió Jesús: Moisés, teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón, os permitió repudiar a vuestras mujeres; pero al principio no fue así. Ahora bien, os digo que quien repudie a su mujer -no por concubinato- y se case con otra, comete adulterio" (Mt 19, 7-9).

El texto paralelo de Marcos muestra cómo, también en caso de divorcio, hombre y mujer se sitúan, según Jesús, en un plano de absoluta igualdad: "Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio"(Mc 10, 11-12).

No me detengo en la cláusula "excepto por concubinato" (porneia) que, como se sabe, las Iglesias ortodoxas y protestantes interpretan de manera diferente de la Iglesia católica. Más bien se debe subrayar "la implícita fundación sacramental del matrimonio" presente en la respuesta de Jesús [3]. Las palabras "Lo que Dios unió" dicen que el matrimonio no es una realidad puramente secular, fruto sólo de voluntad humana; en él hay una dimensión sacra que se remonta a la voluntad divina.

La elevación del matrimonio a "sacramento" no reposa por lo tanto sólo en el débil argumento de la presencia de Jesús en las bodas de Caná ni sobre el texto de Efesios 5; empieza, de alguna forma, con el Jesús terreno y forma parte también de su conducir las cosas al inicio. Juan Pablo II tiene razón cuando define el matrimonio como "el sacramento más antiguo" [4].

b. La novedad

Hasta aquí la continuidad. ¿En qué consiste entonces la novedad? Paradójicamente consiste en la relativización del matrimonio. Escuchemos la continuación del texto de Mateo:

"Le dijeron sus discípulos: Si tal es la condición del hombre respecto de su mujer, no trae cuenta casarse. Pero Él les respondió: No todos entienden este lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha concedido. Porque hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos hechos por los hombres, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender, que entienda" (Mt 19, 10-12).

Jesús instituye con estas palabras un segundo estado de vida, justificándolo con la venida a la tierra del Reino de los Cielos. Ésta no anula la otra posibilidad, el matrimonio, sino que la relativiza. Sucede como en la idea de Estado en el ámbito político: aquél no es abolido, sino radicalmente relativizado por la revelación de la presencia contemporánea, en la historia, de un Reino de Dios.

La continencia voluntaria no necesita, por lo tanto, que se reniegue o se desprecie el matrimonio para que sea reconocida en su validez. (Algunos autores antiguos, en sus tratados sobre la virginidad, cayeron en este error). Es más, aquélla no toma sentido más que de la contemporánea afirmación de la bondad del matrimonio. La institución del celibato y de la virginidad por el Reino ennoblece el matrimonio en el sentido de que hace de él una elección, una vocación, y ya no un sencillo deber moral al que no era lícito sustraerse en Israel, sin exponerse a la acusación de transgredir el mandamiento de Dios.

Es importante observar algo que a menudo se olvida. Celibato y virginidad significan renuncia al matrimonio, no a la sexualidad, que permanece con toda su riqueza de significado, si bien se vive de formas distintas. El célibe y la virgen experimentan también la atracción, y por lo tanto la dependencia, hacia el otro sexo, y es precisamente esto lo que da sentido y valor a su opción de castidad.

c. Jesús, ¿enemigo de la familia?

Entre las muchas tesis planteadas en años recientes en el ámbito de la llamada "tercera investigación histórica sobre Jesús", figura también la de un Jesús que repudió la familia natural y todos los vínculos parentales en nombre de la pertenencia a una comunidad diferente, en la que Dios es el padre y los discípulos son todos hermanos y hermanas, proponiendo a sus discípulos una vida errante, como hacían en aquel tiempo, fuera de Israel, los filósofos cínicos [5].

Efectivamente hay en los evangelios palabras de Cristo que a simple vista suscitan desconcierto. Jesús dice: "Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío" (Lc 14, 26). Palabras duras, ciertamente, pero ya el evangelista Mateo se apresura a explicar el sentido de la palabra "odiar" en este caso: "El que ama a su padre o a su madre... a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí" (Mt 10, 37). Jesús no pide, por lo tanto, odiar a los padres o a los hijos, sino que no se les ame hasta el punto que se renuncie a seguirle por causa de aquellos.

Otro episodio que causa desconcierto. "Un día Jesús dijo a uno: Sígueme. Y aquél respondió: Déjame ir primero a enterrar a mi padre. Le replicó Jesús: Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios" (Lc 9, 59 s.). Para ciertos críticos, entre ellos el rabino americano Jacob Neusner -con quien dialoga Benedicto XVI en su libro sobre Jesús de Nazaret [6]-, ésta es una petición escandalosa, una desobediencia a Dios -quien ordena cuidar a los padres-, una flagrante violación de los deberes filiales.

Algo se debe otorgar al rabino Neusner: palabras de Cristo, como éstas, no se explican mientras se le considere un simple hombre, por excepcional que sea. Sólo Dios puede pedir que se le ame más que al padre y que, para seguirle, se renuncie hasta a asistir a su sepultura. Para los creyentes ésta es una ulterior prueba de que Jesús es Dios; para Neusner es la razón por la que no se le puede seguir.

El desconcierto frente a estas peticiones de Jesús nace también de no tener en cuenta la diferencia entre lo que Él pedía a todos indistintamente y lo que pedía sólo a algunos llamados a compartir su vida enteramente dedicada al Reino, como sucede igualmente hoy en la Iglesia. Lo mismo se debe decir de la renuncia al matrimonio: Él no la impone ni la propone a todos indistintamente, sino sólo a quienes aceptan ponerse, como Él, a servicio total del Reino (Cf. Mt 19, 10-12).

Todas las dudas sobre la actitud de Jesús hacia la familia y el matrimonio caen si tenemos en cuenta otros pasajes del Evangelio. Jesús es el más riguroso de todos acerca de la indisolubilidad del matrimonio, recalca con fuerza el mandamiento de honrar padre y madre, hasta condenar la práctica de sustraerse, bajo pretextos religiosos, al deber de asistirles (Cf. Mc 7, 11-13). Cuántos milagros realiza Jesús precisamente para salir al encuentro del dolor de padres (Jairo, el padre del epiléptico), de madres (la cananea, ¡la viuda de Naím!), o de parientes (las hermanas de Lázaro), por lo tanto, para honrar los vínculos familiares. En más de una ocasión Él comparte el dolor de parientes hasta llorar con ellos.

En un momento como el actual, en el que todo parece conspirar para debilitar los vínculos y los valores de la familia, ¡sólo nos faltaría que también pusiéramos contra ella a Jesús y el Evangelio! Jesús ha venido a devolver el matrimonio a su belleza originaria, para reforzarlo, no para debilitarlo.

2. Matrimonio y familia en la Iglesia apostólica

Igual que hemos hecho con el proyecto originario de Dios, también a propósito de la recapitulación obrada por Cristo intentemos ver cómo fue recibida y vivida en la vida y en la catequesis de la Iglesia, quedándonos por el momento en el ámbito de la Iglesia apostólica. Pablo es en esto nuestra principal fuente de información, habiendo tenido que ocuparse del problema en algunas de sus cartas, sobre todo en la Primera a los Corintios

El Apóstol distingue lo que viene directamente del Señor de las aplicaciones particulares que hace él mismo cuando lo requiere el contexto en el que predica el evangelio. Al primer caso pertenece la reafirmación de la indisolubilidad del matrimonio: "En cuanto a los casados, les ordeno, no yo sino el Señor: que la mujer no se separe del marido; mas en el caso de separarse, que no vuelva a casarse, o que se reconcilie con su marido; y que el marido no despida a su mujer" (1 Co 7,10-11); al segundo caso pertenecen las indicaciones que da acerca de los matrimonios entre creyentes y no creyentes y las disposiciones sobre célibes y vírgenes: "En cuanto a los demás, digo yo, no el Señor..." (1 Co 7,10; 1 Co 7, 25).

La Iglesia ha recogido, de Jesús, también el elemento de novedad que consiste, como hemos visto, en la institución de un segundo estado de vida: el celibato y la virginidad por el Reino. A ellos Pablo -él mismo no es casado- dedica la parte final del capítulo [7] de su carta. Basándose en el versículo: "Mi deseo sería que todos los hombres fueran como yo; mas cada cual tiene de Dios su gracia particular (charisma): unos de una manera, otros de otra" (1 Co 7,7), algunos piensan que el Apóstol considera matrimonio y virginidad como dos carismas. Pero no es exacto; los vírgenes han recibido el carisma de la virginidad, los casados tienen otros carismas (se sobreentiende, no el de la virginidad). Es significativo que la teología de la Iglesia siempre haya considerado la virginidad como un carisma y no un sacramento, y el matrimonio como un sacramento y no un carisma.

En el proceso que llevará (mucho más tarde) al reconocimiento de la sacramentalidad del matrimonio, tuvo un peso notable el texto de la Carta a los Efesios: "Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne. Gran misterio (en latín, ¡sacramentum!) es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia" (Ef 5, 31-32). No se trata de una afirmación aislada y ocasional, debida a la ambigua traducción del término "misterio" (mysterion) con el latín sacramentum. El matrimonio como símbolo de la relación entre Cristo y la Iglesia se funda en toda una serie de dichos y de parábolas en las que Jesús se había aplicado a sí mismo el título de esposo, atribuido a Dios por los profetas.

A medida que la comunidad apostólica se incrementa y consolida, se ve cómo florece toda una pastoral y una espiritualidad familiar. Los textos más significativos al respecto son los de las cartas a los Colosenses y a los Efesios. En ellos se evidencian las dos relaciones fundamentales que constituyen la familia: la relación marido-mujer y la relación padres-hijos. A propósito del primero, el Apóstol escribe:

"Sed sumisos los unos a los otros en el temor de Cristo. Las mujeres a sus maridos, como al Señor... Como la Iglesia está sumisa a Cristo, así también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella" .

Pablo recomienda al marido que "ame" a su mujer (y esto nos parece normal), pero después recomienda a la mujer que sea "sumisa" al marido, y esto, en una sociedad fuertemente (y con justicia) consciente de la igualdad de sexos, parece inaceptable. Sobre este punto san Pablo está, al menos en parte, condicionado por las costumbres de su tiempo. La dificultad, en cambio, se redimensiona si se tiene en cuenta la frase inicial del texto: "Sed sumisos los unos a los otros en el temor de Cristo", que establece una reciprocidad en la sumisión como en el amor.

A propósito de la relación entre padres e hijos, Pablo recalca los consejos tradicionales de la literatura sapiencial:

"Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor; porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre (Pr 6, 20), tal es el primer mandamiento, que lleva consigo una promesa: Para que seas feliz y se prolongue tu vida sobre la tierra. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, sino formadlos más bien mediante la instrucción y la corrección según el Señor" (Ef 6, 1-4).

Las Cartas Pastorales, y especialmente la Carta a Tito, ofrecerán reglas detalladas para cada categoría de personas: las mujeres, los maridos, obispos y presbíteros, los ancianos, los jóvenes, las viudas, los dueños, los esclavos (Cf. Tt 2, 1-9). También los esclavos formaban parte de hecho de la familia, en la concepción amplia que se tenía de ella.

Igualmente en la Iglesia de los orígenes, el ideal del matrimonio que vuelve a proponer Jesús no se realizará sin sombras ni resistencias. Aparte del caso de incesto de Corinto (1 Co 8, 1 ss), lo testimonia la necesidad que sienten los apóstoles de insistir en este aspecto de la vida cristiana. Pero en conjunto los cristianos presentaron al mundo un modelo familiar nuevo que se reveló como uno de los factores principales de evangelización.

El autor de la Carta a Diogneto, en el siglo II, dice que los cristianos "se casan como todos y tienen hijos, pero no tiran a los recién nacidos; tienen en común la mesa, pero no el lecho" (V, 6-7). En sus Apologías, Justino traza un razonamiento que los cristianos de hoy deberíamos poder hacer nuestro en el diálogo con las autoridades políticas. Dice en sustancia los siguiente: Vosotros, emperadores romanos, multiplicáis las leyes sobre la familia, pero se muestran ineficaces para frenar su disolución; venid a ver nuestras familias y os convenceréis de que los cristianos son vuestros mejores aliados en la reforma de la sociedad, no vuestros enemigos. Al final, después de tres siglos de persecución, el Imperio, como se sabe, acogió en la propia legislación el modelo cristiano de familia.


III PARTE

QUÉ NOS DICE HOY LA ENSEÑANZA BÍBLICA

La relectura de la Biblia en un Congreso como éste, que no es de exégetas, sino de agentes pastorales en el ámbito de la familia, no se puede limitar a una simple reproposición del dato revelado, sino que debe poder iluminar los problemas actuales. "La Escritura -decía san Gregorio Magno- crece con quien la lee" (cum legentibus crescit); revela implicaciones nuevas a medida que se le plantean cuestiones nuevas. Y hoy, cuestiones o provocaciones nuevas hay muchas.

1. El ideal bíblico contestado

Nos hallamos ante una contestación aparentemente global del proyecto bíblico sobre sexualidad, matrimonio y familia. El estudio de monseñor Tony Anatrella, distribuido a los relatores en vista de este Congreso, proporciona sobre ello un resumen razonado y utilísimo7. ¿Cómo comportarse frente al fenómeno?

El primer error que hay que evitar, en mi opinión, es el de pasar todo el tiempo rebatiendo las teorías contrarias, acabando por darles más importancia de la que merecen. Ya Pseudo-Dionisio el Areopagita observaba cómo la proposición de la propia verdad es siempre más eficaz que la confutación de los errores ajenos. Otro error consistiría en dirigir todo hacia leyes del Estado para defender los valores cristianos. Los primeros cristianos, como hemos visto, con sus costumbres cambiaron las leyes del Estado; no podemos esperar hoy en cambiar las costumbres con las leyes del Estado.

El Concilio inauguró un nuevo método, que es de diálogo, no de enfrentamiento con el mundo; un método que no excluye siquiera la autocrítica. En un texto suyo, dijo que la Iglesia es capaz de sacar provecho hasta de las críticas de quien la combate. Creo que debemos aplicar este método también en la discusión de los problemas del matrimonio y de la familia, como hizo ya en su tiempo la Gaudium et spes.

Aplicar este método de diálogo significa procurar ver si en el fondo incluso de las contestaciones más radicales existe una instancia positiva que hay que acoger. Es el antiguo método paulino de examinar todo y quedarse con lo que es bueno (Cf. 1 Ts 5,21). Así ocurrió con el marxismo que impulsó a la Iglesia a desarrollar una doctrina social propia, y podría suceder igualmente con la revolución "gender" que, como observa monseñor Anatrella en su estudio, presenta no pocas analogías con el marxismo y está probablemente destinada al mismo final.

La crítica al modelo tradicional de matrimonio y de familia que ha conducido a las actuales, inaceptables, propuestas del deconstructivismo, comenzó con la Ilustración y el Romanticismo. Con intenciones diferentes, estos dos movimientos se expresaron contra el matrimonio tradicional, contemplado exclusivamente en sus "fines" objetivos: la prole, la sociedad, la Iglesia, y demasiado poco en sí mismo: en su valor subjetivo e interpersonal. Todo se pedía a los futuros esposos, excepto que se amaran y se eligieran libremente entre sí. A tal modelo se opuso el matrimonio como pacto (Ilustración) y como comunión de amor (Romanticismo) entre los esposos.

Pero esta crítica se orienta en el sentido originario de la Biblia, ¡no contra ella! El Concilio Vaticano II recibió esta instancia cuando reconoció como bien igualmente primario del matrimonio el mutuo amor y la ayuda entre los cónyuges. Juan Pablo II, en una catequesis de los miércoles, decía:

"El cuerpo humano, con su sexo, y su masculinidad y feminidad, ...es no sólo fuente de fecundidad y de procreación, como en todo el orden natural, sino que encierra desde el principio el atributo esponsal, o bien, de expresar el amor: ese amor precisamente en el que el hombre-persona se convierte en don y, mediante este don, realiza el sentido mismo de su ser y existir" [8].

En su encíclica "Deus caritas est", el Papa Benedicto XVI ha ido más allá, escribiendo cosas profundas y nuevas a propósito del eros en el matrimonio y en las relaciones mismas entre Dios y el hombre. "Esta estrecha relación entre eros y matrimonio que presenta la Biblia no tiene prácticamente paralelo alguno en la literatura fuera de ella" [9].

La reacción insólitamente positiva a esta encíclica del Papa demuestra hasta qué punto una presentación irénica de la verdad cristiana es más productiva que la confutación del error contrario, aunque ésta también deberá hallar espacio, a su tiempo y en su lugar. Nosotros estamos lejos de aceptar las consecuencias que algunos sacan hoy de estas premisas: por ejemplo, que baste con cualquier tipo de eros para constituir un matrimonio, incluido aquél entre personas del mismo sexo; pero este rechazo adquiere otra fuerza y credibilidad si se une al reconocimiento de la bondad de fondo de la instancia e igualmente a una sana autocrítica.

No podemos en efecto silenciar la contribución que los cristianos dieron a la formación de aquella visión puramente objetivista del matrimonio. La autoridad de Agustín, reforzada en este punto por Tomás de Aquino, acabó por arrojar una luz negativa sobre la unión carnal de los cónyuges, considerada el medio de transmisión del pecado original y no privada, ella misma, de pecado "al menos venial". Según el doctor de Hipona, los cónyuges debían acudir al acto conyugal con disgusto y sólo porque no había otro modo de dar ciudadanos al Estado y miembros a la Iglesia.

Otra instancia que podemos hacer nuestra es la igual dignidad de la mujer en el matrimonio. Como hemos visto, está en el corazón mismo del proyecto originario de Dios y del pensamiento de Cristo, pero casi siempre ha sido desatendida. La Palabra de Dios a Eva: "Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará" tuvo una trágica realización en la historia.

En los representantes de la llamada "Gender revolution", esta instancia ha llevado a propuestas desquiciadas, como la de abolir la distinción de sexos y sustituirla con la más elástica y subjetiva distinción de "géneros" (masculino, femenino, variable), o la de liberar a la mujer de la "esclavitud de la maternidad" proveyendo de otros modos, inventados por el hombre, a la producción de hijos. (¡No se entiende quién tendría más interés o deseo, llegados este punto, de tener hijos!).

Precisamente la elección del diálogo y de la autocrítica nos da derecho a denunciar estos proyectos como "inhumanos", o sea, contarios no sólo a la voluntad de Dios, sino también al bien de la humanidad. Traducidos a su práctica a gran escala, conducirían a daños imprevisibles. La novela y la película "La isla del Dr. Moreau" (The Island of Dr. Moreau) de H. G. Wells, podría revelare trágicamente profética, esta vez no sólo entre animales, sino también entre seres humanos.

Nuestra única esperanza es que el sentido común de la gente, unido al "deseo" del otro sexo, a la necesidad de maternidad y de paternidad que Dios ha inscrito en la naturaleza humana, resistan a estos intentos de sustituir a Dios, dictados más por atrasados sentimientos de culpa del hombre que por un genuino respeto y amor por la mujer. (¡Quienes proponen estas teorías son casi exclusivamente los hombres!).

2. Un ideal que hay que redescubrir

No menos importante que la tarea de defender el ideal bíblico del matrimonio y de la familia es la tarea de redescubrirlo y vivirlo en plenitud por parte de los cristianos, de manera que se vuelva a proponer al mundo con los hechos, más que con las palabras.

Leamos hoy el relato de la creación del hombre y de la mujer a la luz de la revelación de la Trinidad. Bajo esta luz, la frase: "Creó Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó", revela por fin su significado, que había sido enigmático e incierto antes de Cristo. ¿Qué relación puede haber entre ser "a imagen de Dios" y ser "macho y hembra"? El Dios bíblico carece de connotaciones sexuales; no es ni varón ni mujer.

La semejanza consiste en esto. Dios es amor y el amor exige comunión, intercambio interpersonal; requiere que haya un "yo" y un "tú". No existe amor que no sea amor por alguien; donde no hay más que un sujeto no puede haber amor, sino sólo egoísmo o narcisismo. Allí donde Dios es concebido como Ley o como Potencia absoluta, no hay necesidad de una pluralidad de personas (¡el poder se puede ejercer también solos!). El Dios revelado por Jesucristo, siendo amor, es único y solo, pero no es solitario; es uno y trino. En Él coexisten unidad y distinción: unidad de naturaleza, de voluntad, de intención, y distinción de características y de personas.

Dos personas que se aman -y el caso del hombre y la mujer en el matrimonio es el más fuerte- reproducen algo de lo que ocurre en la Trinidad. Allí dos personas -el Padre y el Hijo-, amándose, producen ("exhalan") el Espíritu que es el amor que les une. Alguien ha definido el Espíritu Santo como el "Nosotros" divino, esto es, no la "tercera persona de la Trinidad", sino la primera persona plural [10].

En esto precisamente la pareja humana es imagen de Dios. Marido y mujer son en efecto una carne sola, un solo corazón, una sola alma, aún en la diversidad de sexo y de personalidad. En la pareja se reconcilian entre sí unidad y diversidad. Los esposos están uno frente al otro como un "yo" y un "tú", y están frente al resto del mundo, empezando por los propios hijos, como un "nosotros", casi como si se tratara de una sola persona, pero ya no singular, sino plural. "Nosotros", o sea, "tu madre y yo", "tu padre y yo".

En esta luz se descubre el sentido profundo del mensaje de los profetas acerca del matrimonio humano, que por lo tanto es símbolo y reflejo de otro amor, el de Dios por su pueblo. Esto no significaba sobrecargar de un significado místico una realidad puramente mundana. No era cuestión sólo de simbolismo; era más bien revelar el verdadero rostro y el objetivo último de la creación del hombre varón y mujer: el de salir del propio aislamiento y "egoísmo", abrirse al otro y, a través del éxtasis temporal de la unión carnal, elevarse al deseo del amor y de la alegría sin fin.

¿Cuál es la causa de la inconclusión y de la insatisfacción que deja la unión sexual, dentro y fuera del matrimonio? ¿Por qué este impulso cae siempre sobre sí mismo y por qué esta promesa de infinito y de eterno resulta siempre decepcionada? Los antiguos acuñaron un dicho que plasma esta realidad: "Post coitum animal triste": como cualquier otro animal, el hombre después de la unión carnal está triste.

El poeta pagano Lucrecio dejó, de la frustración que acompaña cada copulación, una descripción despiadada que en un Congreso para esposos y para familias no debería resultar escandaloso oír:

“Se estrechan ávidamente al cuerpo y mezclan la saliva
boca a boca, y jadean, apretando los labios con los dientes;
pero en vano; porque no pueden arrancar nada,
ni penetrar y perderse en el otro cuerpo con todo el cuerpo” [11].

A esta frustración se busca un remedio que no hace más que acrecentarla. En lugar de modificar la calidad del acto, se aumenta su cantidad, pasando de un partner a otro. Se llega así al estrago del don de Dios de la sexualidad, en marcha en la cultura y en la sociedad de hoy.

¿Queremos, de una buena vez, como cristianos, buscar una explicación a esta devastadora disfunción? La explicación es que la unión sexual no se vive en el modo y con la intención pretendida por Dios. Este objetivo era que, a través de este éxtasis y fusión de amor, el hombre y la mujer se elevaran al deseo y tuvieran una cierta pregustación del amor infinito; recordaran de dónde venían y a dónde se dirigían.

El pecado, empezando por el de los bíblicos Adán y Eva, ha atravesado este proyecto; ha "profanado" ese gesto, o sea, lo ha despojado de su valor religioso. Ha hecho de él un gesto que es fin en sí mismo, concluso en sí mismo, y por ello "insatisfactorio". El símbolo ha sido desgajado de la realidad simbolizada, privado de su dinamismo intrínseco y por lo tanto mutilado. Jamás como en este caso se experimenta la verdad del dicho de Agustín: "Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti".

Incluso parejas creyentes tampoco llegan a reencontrar -a veces más que las otras- esa riqueza de significado inicial de la unión sexual a causa de la idea de concupiscencia y de pecado original asociada a tal acto durante siglos. Sólo en el testimonio de algunas parejas que han tenido la experiencia renovadora del Espíritu Santo y viven la vida cristiana carismáticamente se encuentra algo de aquel significado original del acto conyugal. Aquellas han confiado con estupor -a parejas de amigos o al sacerdote- que se unen alabando a Dios en voz alta, o incluso cantando en lenguas. Era una experiencia real de presencia de Dios.

Se comprende por qué sólo en el Espíritu Santo es posible reencontrar esta plenitud de la vocación matrimonial. El acto constitutivo del matrimonio es la donación recíproca, hacer don del propio cuerpo (o bien, en el lenguaje bíblico, de todo uno mismo) al cónyuge. Al ser el sacramento del don, el matrimonio es, por su naturaleza, un sacramento abierto a la acción del Espíritu Santo que es por excelencia el Don, o mejor, la Donación recíproca del Padre y del Hijo. Es la presencia santificadora del Espíritu aquello que hace del matrimonio un sacramento no sólo celebrado, sino vivido.

Dar espacio a Cristo en la vida de pareja es el secreto para acceder a estos esplendores del matrimonio cristiano. De hecho es de Él de quien viene el Espíritu Santo que hace nuevas todas las cosas. Un libro del obispo Fulton Sheen, popular en los años cincuenta, inculcaba todo esto en su título: "Tres para casarse" [12].

No hay que tener miedo de proponer a algunas parejas de futuros esposos cristianos, particularmente preparadas, una meta altísima: la de orar un poco juntos la noche de bodas, como Tobías y Sara, y después dar a Dios Padre la alegría de ver de nuevo realizado, gracias a Cristo, su proyecto inicial, cuando Adán y Eva estaban desnudos uno frente al otro y ambos ante Dios, y no se avergonzaban.

Termino con algunas palabras tomadas, una vez más, de El zapato de raso de Claudel. Se trata de un diálogo entre la protagonista femenina del drama, que combate entre el miedo y el deseo de rendirse al amor, y su ángel custodio:

- Entonces, ¿está permitido este amor de las criaturas, una hacia otra? ¿Dios no tiene celos?
- ¿Cómo podría estar celoso de lo que ha hecho Él mismo?
- Pero el hombre, en brazos de la mujer, olvida a Dios...
- ¿Se le olvida estando con Él y siendo asociados al misterio de su creación? [13]

Notas
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[1] P. Claudel, Le soulier de satin, a.III. sc.8 (éd. La Pléiade, II, Parigi 1956, p. 804): «Cet orgueilleux, il n'y avait pas d'autre moyen de lui faire comprendre le prochain, de le lui entres dans la chair.
Il n'y avait pas d'autre moyen de lui faire comprendre la dépendance, la nécessité et le besoin, un autre sur lui,
La loi sur lui de cet être différent pour aucune autre raison si ce n'est qu'il existe».
[2] B. Wannenwetsch, Mariage, in Dictionnaire Critique de Théologie, a cura di J.-Y. Lacoste, Parigi 1998, p. 700.
[3] Cf. G. Campanini, Matrimonio, in Dizionario di Teologia, Ed. San Paolo 2002, pp. 964 s.
[4] Giovanni Paolo II, Uomo e donna lo creò. Catechesi sull'amore umano, Roma 1985, p. 365.
[5] Cf. B. Griffin, Was Jesus a Philosophical Cynic? [http://www-oxford.op.org/allen/html/acts.htm]; C. Augias e M. Pesce, Inchiesta su Gesú, Mondadori, 2006, pp. 121 ss.
[6] E.P. Sanders, Gesù e il giudaismo, Marietti, 1992, pp.324 ss.; J. Neusner, A Rabbi Talks with Jesus, McGill-Queen's University Press, 2000, pp. 53-72.
[7] T. Anatrella, Définitions des termes du Néo-langage de la philosophie du Constructivisme et du genre, a cura del Pontificium Consilium pro Familia, Città del Vaticano Novembre 2008.
[8] Giovanni Paolo II, Discorso all'udienza del 16 gennaio 1980 (Insegnamenti di Giovanni Paolo II, Libreria Editrice Vaticana 1980, p. 148).
[9] Benedetto XVI, Enc. Deus caritas est, 11.
[10] Cf. Cf. H. Mühlen, Der Heilige Geist als Person. Ich -Du -Wir, Muenster, in W. 1966.
[11] Lucrecio, De rerum natura, IV,2 vv. 1104-1107.
[12] F. Sheen, Three to Get Married, Appleton-Century-Crofts 1951.
[13] P. Claudel, Le soulier de satin, a.III. sc.8 (éd. La Pléiade, II, Parigi 1956, pp. 804):
- Dona Prouhèze. - -Eh quoi! Ainsi c'était permis? cet amour des créatures l'une pour l'autre, il est donc vrai que Dieu n'est pas jaloux?
- L'Ange Gardien.- Comment serait-il jaloux de ce qu'il a fait?...
- Dona Prouhèze. - L'homme entre les bras de la femme oublie Dieu.
- L'Ange Gardien.- Est-ce l'oublier que d'être avec lui? est-ce ailleurs qu'avec lui d'être associé au mystère da sa création?

 

 
La familia, educadora en los valores humanos y cristianos PDF Imprimir E-Mail
miércoles, 14 de enero de 2009
CIUDAD DE MÉXICO, miércoles, 14 enero 2009. Conferencia que pronunció en el día de la inauguración del del Congreso Teológico Pastoral del VI Encuentro Mundial de la Familia el cardenal Marc Ouellet, P.S., arzobispo de Quebec, y primado de Canadá.
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LA FAMILIA, LA EDUCADORA A LOS VALORES HUMANOS Y CRISTIANOS
VALORES QUE HAY QUE DESCUBRIR Y QUE REDESCUBRIR
 
Introducción: un trastorno de los valores a las proporciones vastas

El matrimonio y la familia se han convertido en nuestra época en un campo de batalla cultural dentro de las sociedades secularizadas donde una visión del mundo sin Dios intenta suplantar la herencia judeocristiana. Desde algunas décadas, los valores del matrimonio y de la familia sufrieron asaltos repetidos que causaron daños graves en el plano humano, social y religioso. A la fragilidad creciente de las parejas se añadieron los problemas graves y educativos ligados a la pérdida de los modelos paternos y a la influencia de corrientes de pensamiento que rechazan los mismos fundamentos de la institución familiar. El trastorno de los valores alcanza la identidad misma del ser humano, más allá de su fidelidad a un orden moral. Reina en lo sucesivo una confusión antropológica sutilmente mantenida por un lenguaje ambiguo que impone al pensamiento cristiano un trabajo de desciframiento y de discernimiento [1]. La crisis que atraviesa la humanidad actual se revela siendo de orden antropológica y no solamente de orden moral o espiritual.

En Occidente, por ejemplo, las filosofías del constructivismo y del género [2] (gender theory) desnaturalizan la realidad del matrimonio y de la familia refundiendo la noción de la pareja humana a partir de los deseos subjetivos del individuo, haciendo prácticamente insignificante la diferencia sexual, hasta el punto de tratar de forma equivalente la unión heterosexual y las relaciones homosexuales. Según esta teoría, la diferencia sexual inscrita en la realidad biológica del hombre y de la mujer no influye de modo significante en la identidad sexual de los individuos porque ésta es el resultado de una orientación subjetiva y de una construcción social [3]. La identidad sexual de los individuos no sería un dato objetivo inscrito en el hecho de nacer hombre o mujer sino más bien un dato psico-social construido sobre las influencias culturales sufridas o escogidas por los individuos.

Bajo la presión de estas ideologías a veces abiertamente anticristianas, ciertos Estados proceden a legislaciones que vuelven a definir el sentido del matrimonio, de la procreación, de la filiación y de la familia, sin consideración para las realidades antropológicas fundamentales que estructuran las relaciones humanas [4]. Varias organizaciones internacionales participan en este movimiento de destrucción del matrimonio y de la familia en provecho de ciertos grupos de presión bien organizados que persiguen sus propios intereses en detrimento del bien común. Total, un trastorno de los valores de vastas proporciones toca el amor humano, la vida, la familia y el puesto de la religión en la sociedad.

La Iglesia católica critica fuertemente estas corrientes culturales que obtienen demasiado fácilmente el apoyo de los medios modernos de comunicación. Gracias a la clarividencia de los papas contemporáneos, la Iglesia reafirma los valores tradicionales del matrimonio y de la familia en la línea novadora del Concilio Vaticano II. Siguiendo el sínodo romano de 1980 sobre la familia, la Exhortación apostólica Familiaris Consortio propone una gran carta de la familia fundada sobre la creación del hombre a la imagen de Dios y sobre el sacramento del matrimonio. Esta gran carta pastoral culmina por un llamamiento del papa Juan Pablo II: "¡Familia, sé lo que eres! ": una comunidad de vida y de amor, una escuela de comunión, una Iglesia doméstica.

Este llamamiento queda más que nunca actual 29 años más tarde, y nos pone de nuevo frente a la misión esencial de la familia: "la esencia de la familia y sus deberes son definidos por el amor, escribe el papa. Es por eso que la familia recibe la misión de guardar, de revelar y de comunicar el amor, reflejo vivo y participación real del amor de Dios hacia la humanidad y del amor de Cristo Señor hacia la Iglesia su Esposa " (FC 17). Esta declaración solemne de Juan Pablo II introduce la tercera parte de este documento que prolonga la línea renovadora de la Constitución pastoral Gaudium y Spes. Ésta define el matrimonio como una unión personal en la cual los esposos se dan y se reciben recíprocamente (GS 48). Definiendo la esencia de la familia y su misión por el amor y no primero por la procreación, el papa no hace una concesión dudosa a la mentalidad contemporánea. Pretende alcanzar "las raíces mismas de la realidad" (FC 17), afirma la continuidad interna entre el amor personal de los esposos y la transmisión de la vida. Su postura marca una etapa importante hacia una refundición personalista de la doctrina cristiana del matrimonio y de la familia. Coloca los tres valores tradicionales del matrimonio, la procreación, el amor fiel y el significado sacramental, en el eje del amor conyugal fecundo y ya no en el de la procreación como finalidad distinta [5]. Me parece importante prolongar este desarrollo doctrinal ahondando más en la dimensión cristológica y sacramental del matrimonio con el fin de volver a lanzar la misión educativa de la familia cristiana a partir de los valores del sacramento todavía por descubrir y de los valores del amor conyugal establecidos desde el origen de la creación pero que están por redescubrir a la luz del Cristo y frente al gran desafío contemporáneo [6].

Valores que hay que descubrir

Digamos en primer lugar, de modo general que las circunstancias actuales evocadas más alto incitan a la familia cristiana a una toma de conciencia fundamental: sólo el encuentro personal y auténtico de Cristo Redentor puede permitirle aceptar el desafío de la educación a la vida cristiana y a los valores humanos que se relacionan con ella. Al principio del tercer milenio, el Papa Juan Pablo II exhortó la Iglesia a partir de nuevo de Cristo, La cabeza y El esposo de la Iglesia [7]. Partir de nuevo de Cristo como el fundamento de un arranque renovado hacia la santidad para todos, en cada estado de vida. Este llamamiento concierne en primer lugar a los esposos que procuran responder a su vocación de bautizados casados [8] en el seno de una familia. Necesitan para alcanzarlo, una espiritualidad personal y eclesial apropiada que va más allá de la presentación tradicional de los valores del matrimonio y de la familia, con predominio moral y jurídico.

Partir de nuevo de Cristo significa concretamente profundizar en el sacramento que es el bien supremo del matrimonio según santo Agustín. El obispo de Hipona resumió la doctrina del matrimonio definiendo tres bienes esenciales del matrimonio, la fidelidad (fides), la procreación (proles) y la indisolubilidad (sacramentum). Mientras que la fidelidad y la procreación echan raíces en la dimensión natural del matrimonio, el sacramento pertenece más explícitamente a su dimensión sobrenatural. Ésta ofrece un buen punto de partida para una espiritualidad del matrimonio y de la familia que sea significante para sus miembros y al mismo tiempo fecunda para la Iglesia y la sociedad. Veamos sus fundamentos a partir 1) del horizonte cristocéntrico global, 2) del acto de consagración matrimonial y 3) de la gracia que emana de ella para los esposos y para la Iglesia. 4) los valores educativos serán identificados a partir de estos fundamentos.

El sacramento del matrimonio como encuentro con Cristo

Un primer valor que hay que descubrir es el lugar de la fe en el pacto de alianza de los esposos y el impacto que tiene o debería tener en su vida. Cuando la fe de los esposos es vivida como un encuentro personal con Cristo, confiere a su amor una dimensión teologal que bonifica toda su vida matrimonial. Porque el matrimonio no es una realidad puramente natural, completa y suficiente en él misma, a la cual Cristo sólo aportaría una ayuda extrínseca para que alcance mejor su propia finalidad. El matrimonio existe desde los orígenes de la creación con vistas a Cristo y con vistas a su gracia redentora que instaura una plenitud de sentido para el amor conyugal y familiar.

La Constitución pastoral Gaudium y Spes del Concilio Vaticano II optó por una refundición de la doctrina del matrimonio en esta perspectiva cristocéntrica. Mientras que la teología moderna, tributaria de una visión extrínseca de la relación entre la naturaleza y la gracia, presentaba el sacramento del matrimonio como una elevación de la naturaleza, el Concilio lo presenta como un encuentro con Cristo y una amistad con él. "Así como Dios antiguamente se adelantó a unirse a su pueblo por una alianza de amor y de fidelidad, así ahora el Salvador de los hombres y Esposo de la Iglesia sale al encuentro de los esposos cristianos por medio del sacramento del matrimonio. Además, permanece con ellos para que los esposos, con su mutua entrega, se amen con perpetua fidelidad, como El mismo amó a la Iglesia y se entregó por ella"(GS 48).

De donde la importancia de la celebración sacramental del matrimonio que simboliza este encuentro de los esposos con Cristo y que inaugura toda una vida de amistad con él en el corazón mismo de la vida conyugal y familiar. Esta celebración inaugura al mismo tiempo la misión eclesial de la pareja y de la familia, la misión de servicio con respecto a la sociedad por la procreación y la educación, pero primero y ante todo una misión de servicio con respecto al amor de Cristo para la Iglesia que asume la realidad humana del matrimonio entre los sacramentos de su Reino.

Esta perspectiva cristocéntrica y eclesial se inscribe en el giro iniciado por Henri de Lubac en nuestra época para restaurar una comprensión a la vez más tradicional y más unificada de la relación entre la naturaleza y la gracia. Según él, el hombre tiene sólo una sola finalidad, sobrenatural, que es incapaz de alcanzar por el mismo. Allí está su paradoja y su nobleza que hace decir a santo Tomás de Aquino que el hombre es un ser que, por su naturaleza racional, aspira a la visión de Dios (Desiderium naturale visionis) [9]. Abierto al infinito a causa de su dimensión espiritual, el hombre aspira naturalmente a la visión de Dios. Es, como imagen de Dios, una libertad finita en busca de la Libertad infinita. Vaticano II expresó esta verdad paradójica diciendo que "En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado" (GS 22). El hombre y la mujer casados, como "comunidad de vida y de amor", aspiran a esta plenitud de sentido que le es prometida y que el sacramento ya les hace entrever y experimentar en la Iglesia.

El matrimonio como consagración y misión eclesial

Avancemos un paso más para descubrir la dinámica profunda del sacramento a partir del acto de fe que lo funda. Cuando dos bautizados se casan en la Iglesia, el don del sacramento está hecho simultáneamente a la pareja y a la Iglesia, porque en todos sus dones sacramentales, Cristo ama la Iglesia y hace de sus hijos, con ella y por ella, testigos de la salvación. Por el don del sacramento del matrimonio, Cristo confiere a los esposos una gracia que los une, que los cura y los santifica en su vida de amor. Pero hay más. Por el don del sacramento, Cristo los consagra como testigos de su propio amor para la Iglesia. Tal vocación sacramental supone evidentemente la fe, el acto de fe que funda el sacramento. "El matrimonio cristiano debe ser interpretado desde el principio a partir de lo alto, escribe Hans Urs von Balthasar, es decir a partir del acto cristiano que le funda. Este acto es el de la fe cristiana, que cuando está vivo incluye siempre el amor y la esperanza, y es el fundamento sobre el cual reposa el don mutuo de los conyugues. Es un acto que va directamente e inmediatamente a Dios, un voto de fidelidad a Dios porque Dios se manifestó primero por sus promesas y sus revelaciones como el eterno Fiel, en quien se debe creer, en el que se debe confiar y a quien se debe amar. El voto de fidelidad al esposo es pronunciado dentro de este voto de fidelidad a Dios" [10].

Según el gran teólogo de Basilea, el intercambio de los consentimientos entre los esposos cristianos tiene pues una dimensión intrínsecamente teologal que resuena en todas las dimensiones de su unión. Balthasar persigue: "Es el acto de fe de ambos conyugues del matrimonio que se encuentra en Dios y que a partir de Dios, fundamento de su unidad, testigo de su lazo y garantía de su fecundidad, se vuelve conformado, asumido y restituido. Es Dios quien, en el acto de fe, da los esposos uno a otro dentro del acto cristiano fundamental de ofrenda de sí. Es a Él a quien ambos se ofrecen juntos, es de Él que se reciben de nuevo en un don de gracia, de confianza y de exigencia cristiana" [11].

Este texto de extrema densidad propone un giro teológico radical en la comprensión del sacramento del matrimonio, que puede fundar una espiritualidad renovada para este estado de vida. A la perspectiva acostumbrada antropocéntrica donde los esposos aparecen como los primeros protagonistas de su consentimiento mutuo, vemos más profundamente aquí que el acto subyacente de fe de su don incluye su intercambio en el acto fundamental de entrega de sí a Dios. Porque se casan como bautizados, en Cristo, depositan su amor en las manos de Cristo, que los devuelve el uno al otro, los bendice y los gratifica con una efusión especial de su Espíritu (FC 21). Desde ahora en adelante se querrán con toda la fuerza de sus sentimientos personales, pero también en la fuerza del Espíritu que los inviste de una misión de amor de naturaleza eclesial.

La dimensión teologal de este sacramento, vista a partir de su acto constitutivo, es llamada a desarrollarse y a penetrar todos los aspectos de la vida conyugal y familiar. Da valor al socio divino que está comprometido en la unión de los esposos y que quiere fecundar de todas las maneras su comunidad de vida y de amor. ¿Cómo ayudar a las parejas a prepararse para un tal acto de consagración de su unión y a vivir sin interrupción el acto de fe que se los da a Dios dándose el uno al otro? ¿Cómo educar a los esposos y los futuros esposos para que su encuentro del Cristo los lleve a vivir su unión como una misión recibida de él en la Iglesia y no sólo como una búsqueda personal de felicidad? Estas cuestiones invitan a desarrollar más precisamente los efectos eclesiales del sacramento y a explorar las potencialidades educativas.

El significado doble, eclesiástico y antropológico, del don sacramental

El sacramento del matrimonio añade una participación a dos, como pareja, a la vida divina que es dada en todo sacramento, "hasta tal punto que el efecto primero e inmediato del matrimonio (res y sacramentum) no es la gracia sobrenatural misma, sino el lazo conyugal cristiano, una comunión típicamente cristiana porque representa el misterio de encarnación de Cristo y su misterio de alianza " (FC 13).

Según este pasaje de Familiaris Consortio que recoge la doctrina común de la Iglesia, el primer efecto del sacramento sella de modo indisoluble la pertenencia de los esposos uno a otro, por un don mutuo que trasciende sus fluctuaciones emocionales. Este sello sacramental une a ambas personas indisolublemente en virtud del amor de Cristo que se compromete con ellos y los requiere para representar su propio misterio de alianza. El lazo conyugal constituye la base de la dimensión eclesial del sacramento. Por este lazo los esposos forman una nueva unidad, una pareja sacramental, que constituye la célula de base de la sociedad y de la Iglesia.

Este lazo sacramental significa que el amor divino se desposa con el amor conyugal y lo compromete al servicio de su misterio de Alianza con la humanidad. Esto significa, antropológicamente, que en el momento en el que los esposos se consagran su amor, simultáneamente son bendecidos y como desapropiados. Su vida común, habitada por el Espíritu Santo, será un signo de la fidelidad de Dios hacia su pueblo, una fuente de la fecundidad espiritual y humana de la Iglesia, Esposa del Cristo. "Por el sacramento, toda pareja se casa con el Cristo " escrito Paul Evdokimov. El compromiso de los esposos, uno con el otro, siendo primero y ante todo un compromiso con respecto a Cristo, Éste sale fiador, a cambio, con los socorros necesarios para superar sus debilidades, para curar sus heridas y perfeccionar su amor en todas sus manifestaciones humanas y espirituales. "Desempeñando su misión conyugal y familiar con la fuerza de este sacramento, penetrados por el espíritu de Cristo que impregna toda su vida de fe, de esperanza y de caridad, alcanzan cada vez más su perfección personal y su santificación mutua: así es como juntos contribuyen a la glorificación de Dios " (GS 48).

En el corazón del sacramento del matrimonio, Cristo ejerce pues una verdadera mediación nupcial, simbolizada por su presencia en Caná [12] que despliega el horizonte trinitario de la espiritualidad conyugal y familiar. Como lo expresa audazmente el Concilio, "el amor auténtico y conyugal es asumido en el amor divino" (GS 48) y es integrado por la gracia redentora de Cristo en las relaciones de Alianza de la Trinidad Santa con mundo. Porque, en virtud de la unión hipostática de Cristo que funda la alianza sacramental de los esposos, su amor mutuo es asumido en el intercambio entre las Personas divinas y se hace función de este intercambio. El Padre y el Hijo se glorifican mutuamente en al amor de los esposos y de la familia a la que bendicen y santifican por el don de su Espíritu. De donde un ensanchamiento infinito de su horizonte espiritual y de su resplendor sacramental. El amor fecundo de los esposos cristianos y las relaciones familiares que proceden de allí se hacen el santuario del Amor trinitario, el signo sagrado de un Amor divino encarnado que se ofrece al mundo humildemente por su comunidad de vida y de amor vivida segun la imagen de la Sagrada Familia de Nazareth.

La Iglesia domestica, escuela de evangelio y de valores humanos

En esta perspectiva trinitaria y cristocéntrica, la dimensión eclesial del matrimonio pasa al primer plano y se vuelve englobante mientras que permanecía antes limitada y marginal. De hecho, por la gracia del sacramento del matrimonio, los esposos cristianos están constituidos miembros de la primera célula de la Iglesia, llamada con razón en el Concilio "iglesia doméstica" [13]. Desarrollada abundantemente por la Exhortación apostólicaFamiliaris Consortio esta perspectiva adquiere entonces oficialmente derecho de ciudad sin no obstante que este documento establezca plenamente la eclesialidad de la familia. Porque, según los términos del FC, la familia, comunidad "salvada" se hace una comunidad "que salva" (FC 49) pero su "participación a la vida y a la misión de la Iglesia" (FC 49-64) es todavía pensada de modo un poco extrínseco en referencia a las actividades específicas de evangelización y de culto. Mientras que es todo el ser de la pareja en todas sus dimensiones quien es eclesial, ya que Cristo asume el amor humano en su amor divino para hacer de él un sacramento de su relación nupcial con la Iglesia (GS 48).

Por el matrimonio sacramental, los esposos son solamente una imagen de la Iglesia, son verdaderamente constituidos "una iglesia en miniatura" dotada de propiedades de la Iglesia una, santa, católica y apostólica. Encontramos allí en efecto la comunidad de vida, el sacerdocio bautismal, la caridad, la evangelización y el culto. Estas dimensiones constitutivas confieren a la pareja una realidad eclesial auténtica y esencialmente misionera, a ejemplo de la gran Iglesia cuya célula de base es.

En esta luz, percibimos mejor la belleza y la importancia de la misión educativa de los esposos. Por la gracia de Cristo, son una fuente de vida, de crecimiento, de educación y de servicio; su unión se hace en un sentido amplio un sacramento de la paternidad divina y de la filiación divina en la fecundidad del Espíritu Santo. Santo Tomás pudo comparar la sublimidad del ministerio educativo de los padres cristianos al ministerio de los sacerdotes: "Algunos propagan y mantienen la vida espiritual por un ministerio únicamente espiritual, y esto le toca al sacramento del orden; otros lo hacen para la vida a la vez corporal y espiritual, y esto se realiza por el sacramento del matrimonio, en el cual el hombre y la mujer se unen para engendrar a los niños y enseñarles el culto de Dios" [14].

"¡ Familia sé lo que tú eres! " repetía con fuerza Juan Pablo II, el Papa de la familia. sé lo que tú eres: una célula de la Iglesia, un santuario del Amor, una escuela de evangelio y de valores humanos, la esposa de Cristo. Es solamente en la conciencia de esta luz que viene del encuentro con Cristo que la familia puede hoy cumplir su misión de educadora de los valores humanos y cristianos. Sé lo que tú eres: "haz de tu casa una Iglesia" repetía a sus fieles san Juan Crisóstomo.

En corolario de estas consideraciones teológicas, ciertos valores educativos que hay que promover vuelven a salir al primer plano. En primer lugar, una educación a la vida teologal de fe, esperanza y caridad, que debe preparar a los esposos a su matrimonio para que su unión conyugal y familiar sea fundada sobre la roca de la palabra de Dios y no sólo sobre la arena movediza de sus sentimientos, tan sinceros sean. Una vida profunda y teologal implica la conciencia viva esposos de lo que significa el bautismo como la pertenencia a Cristo y a la Iglesia; implica también una vida intensa de oración, alimentada de la Eucaristía y periódicamente renovada por el sacramento de penitencia. La vitalidad de la familia, Iglesia domestica, depende de su coherencia sacramental que le asegura su apertura a Dios y su apertura apostólica. Esta vitalidad crece o decae según la fidelidad de la pareja y de la familia a su pertenencia eclesiástica.

De donde la importancia de ciertos encuentros familiares y eclesiales que alimentan la espiritualidad de la Iglesia doméstica. A los grandes encuentros familiares de Navidad y de Pascua, se añade muy naturalmente la misa dominical en familia, preparada posiblemente por una catequesis y seguida por la comida semanal festiva. Ciertos grupos religiosos contemporáneos restauran estas bellas tradiciones como un signo profético que una nueva primavera de la Iglesia comienza en las familias. Estos tiempos fuertes de vida común refuerzan la unidad de la familia y el sentido de pertenencia a la comunidad, contra las tendencias culturales dominantes al individualismo y a la dispersión. Cualesquiera que sean las limitaciones de la vida moderna, una familia cristiana debe escoger conscientemente y fuertemente no abandonar el valor inestimable del domingo como día de descanso, de oración y de vida familiar. Una familia que respeta y honra el día del Señor por la escucha de la Palabra de Dios en el seno de la Asamblea dominical lleva un mensaje profético al mundo de hoy. Agradeciéndole a Dios por su pertenencia a la familia de Dios, testimonia en Iglesia de su Alianza con Cristo para la edificación de una civilización del amor.

La familia cristiana cumple también su misión de educadora por su apertura a la sociedad y al apostolado. La acogida, la hospitalidad, el reparto y la ayuda mutua son rasgos característicos de la espiritualidad familiar que manifiestan el Espíritu de amor que lo anima. La apertura a Dios que demuestran los esposos por la santidad de su vida se prolonga por la apertura misionera a la sociedad. Aunque la misión de la Iglesia doméstica comienza en primer lugar con el ser de la familia, con la comunión de las personas, el don de la vida y la educación de los niños, se prolonga sin embargo muy naturalmente por el apostolado cerca de otras familias o en otro brillo(influencia) sobre la sociedad que es compatible con su primera misión. Su apertura apostólica testimonia el Amor trinitaire que le habita y le arrastra (se le lleva) en compartir la buena noticia del Amor que se hace carne.
 
Notas
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1 Cf. Conseil Pontifical pour la Famille, Lexique des termes ambigus et controversés sur la famille, la vie et les questions éthiques, Pierre Téqui éditeur, 2005.
2 Cf. Théry I., La distinction de sexe une nouvelle approche de l'égalité, Paris, Odile Jacob, 2007; Delorme W.Quatrième génération, Paris, Grasset, 2007; Godelier, M., Au fondement des sociétés humaines, Paris, Albin Michel, 2007; Judith Butler, Trouble dans le genre pour un féminisme de subversion, La découverte , Paris, 2005;
3 Cf. La tentation de Capoue. Anthropologie du mariage et de la filiation, Sous la direction de Tony Anatrella, Ed. Cujas, 2008. Pour la critique de ces théories, voir en particulier «Hors conjugal et parental : des enjeux psychologiques et sociaux, p. 25-97, et autres œuvres de Tony Anatrella, dont Le règne de Narcisse. Les enjeux du déni de la différence sexuelle, La Renaissance, Paris, 2005.
4 Cf. Iacub M. et Maniglier P., L'anti-manuel d'éducation sexuelle, Bréal, Paris, 2005.
5 Cf. W. Kasper, Teologia del matrimonio cristiano, Queriniana, 1985, 2e éd., 18. Je renvoie à mes deux volumes qui développent amplement ces perspectives : Divina somiglianza. Antropologia trinitaria della famiglia, Lateran University Press, Rome, 2004 ; Mistero e Sacramento dell'amore. Teologia del matrimonio et della famiglia per la nuova evangelizzazione, Cantagalli, 2007.
6 Cf. Alfonso Lopez Trujillo, La grande sfida. Famiglia, dignità della persona e umanizzazione, Città Nuova, 2004 ; voir aussi Jorge Alberto Serrano, ,Valores familiares y modernidad, In : Familia et Vita, Anno IX, No. 1-2, 2004, 138-151.
7 Jean Paul II, Exhortation apostolique Novo Millenio Inneunte, 6 janvier 2001, à l'aube du nouveau millénaire.
8 Cf. M. Ouellet, La vocazione cristiana al matrimonio e alla famiglia nella missione della chiesa, L.U.P. Roma 2005.
9 Saint Thomas d'Aquin, Contra Gentes, 3, 25; 3, 50; S. Th. I IIae q 5 a 5 ad 2. Voir Henri de Lubac,Surnaturel, 1946, 483-494; Hans Urs von Balthasar, La Dramatique divine. II. Les personnes du drame 1. L'homme en Dieu, 177ss.
10 Balthasar, H.U. von, Christlicher Stand , Johannes, Einsiedeln, 1977, 198.
11 Id.
12Cf. De la Potterie, I. Le Nozze messianiche e il matrimonio cristiano, in: Lo Sposo, la Sposa (Parola Spirito e Vita n. 13), Bologna 1986, 87-104; Tettamanzi, D. La famiglia, via della Chiesa, chap. II, Come a Cana di Galilea: Cristo incontra gli sposi, 31-51.
13 Lumen Gentium 11; Apostolicam actuositatem 11.
14 S. Thomas d'Aquin, Summa contra Gentiles, IV, 58 (FC 38).
 
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miércoles, 14 de enero de 2009
CIUDAD DE MÉXICO, miércoles, 14 enero 2009. Intervención que pronunció este miércoles el cardenal Ennio Antonelli, presidente del Consejo Pontificio para la Familia, en la inauguración del Congreso Teológico Pastoral del VI Encuentro Mundial de las Familias.
* * *
Con grande alegría damos inicio al VI Encuentro Mundial de las Familias, que como sabemos se desarrollará en tres momentos: Congreso Teológico Pastoral, Fiesta de los Testimonios y Solemne Concelebración Eucarística.

Nuestra alegría es la alegría de los hermanos que se reúnen, la alegría de la familia de Dios que converge aquí en un solo lugar de cinco continentes.

Hemos venido de muchos países, algunos con un viaje fatigoso y costoso, y por ello merecedores de mayor gratitud. Representamos diversos pueblos y culturas, diversos miembros del pueblo de Dios, obispos, sacerdotes, personas consagradas, laicos, sobre todo, están presentes y están representadas las familias, célula vital de la Iglesia y de la sociedad.

Somos muchos y somos uno en virtud de Cristo y de su Santo Espíritu, autor de la variedad y de la unidad. Por esto nos saludamos con mucho afecto, con un abrazo ideal de fraternidad y de paz.

Dirigimos un saludo especial, respetuoso y caluroso al señor Presidente de la República Mexicana, Felipe Calderón, y a su señora esposa Margarita Zavala, quienes nos honran con su presencia.

Su presencia testimonia la importancia de la familia para el pueblo mexicano, así como el generoso y festivo espíritu de acogida de esta noble Nación.

Nos encontramos aquí, juntos, después de una larga preparación espiritual y organizativa, que ha involucrado a muchas realidades eclesiales y civiles, a las cuales debemos estar agradecidos.

Sin embargo, merecen un especial agradecimiento del todo particular, el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo de esta ciudad, que nos acoge espléndidamente.

El comité organizativo que él ha constituido, las instituciones públicas que han agilizado la organización, los pundorosos voluntarios, el Centro Bancomer que nos da hospitalidad, los conferencistas que nos donarán su competencia y, en fin, no puedo olvidar a mis óptimos colaboradores del Consejo Pontificio para la Familia; la más intensa gratitud de estar el Santo Padre, Benedicto XVI, que en numerosas ocasiones ha mostrado considerar a la familia una prioridad decisiva para el futuro de las sociedad y de la Iglesia y ha puesto en el centro de su magisterio la promoción de los valores humanos y cristianos en nuestra cultura posmoderna enferma de individualismo y relativismo. El Papa ha querido ser representado en nuestro Encuentro mundial por el Cardenal Secretario de Estado, Tarcisio Bertone, su más cercano colaborador; además intervendrá personalmente con un video mensaje grabado y con una conexión televisiva directa durante la misa conclusiva.

Nuestro recuerdo agradecido se dirige espontáneamente al Siervo de Dios Juan Pablo II, que tantas veces visitó esta querida Nación. Él indicó a la familia como el primer y principal camino de la Iglesia, instituyó los encuentros mundiales de la familia y merecidamente ha sido llamado el Papa de la familia.

Junto con él queremos recordar al Cardenal Alfonso López Trujillo, quien fue 18 años Presidente del Consejo Pontificio para la Familia, él fue un intérprete fiel del magisterio de Juan Pablo II y un colaborador incansable, gastó todas sus energías al servicio de la familia con generosidad y valentía hasta el último momento de su enfermedad.

Y ahora alguna palabra para introducir el tema propuesto por el Santo Padre, Benedicto XVI, para este VI Encuentro Mundial: La Familia formadora de los valores humanos y cristianos. La familia es la escuela más eficaz de humanidad de vida cristiana, transmite los valores humanos y cristianos según su modo, propio y peculiar.
Se basa en el ejemplo y en el testimonio, en la experiencia y en el ejercicio cotidiano. Por esto, los valores no permanecen teóricos y las normas no son percibidas como una imposición, valores y normas son interiorizadas como exigencias de la vida personal, como la verdad que hace auténticamente libre, se convierten en energías espirituales y virtudes.

En nuestro encuentro mundial el tema: "la familia formadora de los valores humanos y cristianos", se estudiará desde muchas perspectivas y en relación a los desafíos y a las oportunidades de nuestro tiempo. Se  harán evidentes una complejidad de aspectos y de situaciones.

Sin embargo, se confirmará una certeza: la familia es un gran bien para la persona y para la sociedad. Por esta razón, nosotros concluiremos nuestro encuentro celebrando a la familia como un maravilloso don de Dios, un don que el error y el pecado de los hombres frecuentemente oscurecen y deforman, pero que la gracia de Cristo cura y renueva continuamente. Proclamaremos el Evangelio de la familia, la familia cristiana como buena noticia no solamente un ideal, sino sobre todo un hecho real, verificado y verificable en muchos hogares en los que se percibe tangiblemente la presencia de Cristo, de acuerdo con su promesa: donde dos o tres están reunidos en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos. En los que se entrevé un reflejo de Dios, unidad perfectísima de tres personas, de Dios, que según el documento de Aparecido, en su misterio más íntimo no es una soledad, sino una familia.

Estamos todos conscientes de que la misión formadora de la familia encuentra hoy gravísimas dificultades. El Santo Padre en la carta a la diócesis y a la Ciudad de Roma del 21 de enero del 2008 hablaba de emergencia educativa y de fractura entre las generaciones, debido a la confluencia de varias causas y en una medida relevante a la difusión de relativismo que insinúa la duda, respeto a la verdad y al bien. Si se minusvaloran las certezas esenciales, observaba el Papa, se hace difícil transmitir de una generación a la otra reglas de comportamiento, objetivos creíbles, en torno a los cuales construir la propia vida.

Pero también se hace difícil vivir, crece el malestar existencial y social, entonces, la necesidad de certezas y de valores, continuaba el Papa, vuelve a sentirse de modo urgente. Así, en concreto, hoy aumenta la exigencia de una educación que sea verdaderamente tal, la solicitan a los padres, la solicitan tantos profesores, la solicita la sociedad en su conjunto, la solicitan en los más íntimos los mismos muchachos y jóvenes; paradójicamente aquello que constituye una dificultad y un desafío para la educación hace emerger un intenso deseo de ella y una renovada oportunidad.

Esta lectura de la situación cultural contemporánea hecha por el Santo Padre confirma cuánto sea actual el tema de este Encuentro Mundial de las Familias y nos estimula a comprometernos con confianza, inteligencia, amor y perseverancia, confiando en la gracia de Dios y en las exigencias profundas del corazón humano.

Muchas gracias.
 
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miércoles, 14 de enero de 2009
CIUDAD DE MÉXICO, miércoles, 14 enero 2009. Intervención que pronunció este miércoles el cardenal cardenal Norberto Rivera Carrera, arzobispo primado de México, en la inauguración del Congreso Teológico Pastoral del VI Encuentro Mundial de las Familias.
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Señor licenciado don Felipe Calderón Hinojosa, Presidente de los Estados Unidos Mexicanos.

Usted sabe, lo ha comprobado, con cuánto cariño, con cuánto aprecio y reconocimiento lo recibimos en este Congreso, en este Encuentro Mundial de las Familias. Muchas gracias.

Con el mismo respeto y cariño saludo a la señora Margarita Zavala. Nos honran con su presencia Primeras Damas de la República Mexicana y de algunos otros países, sean bienvenidas.

Muy estimado señor Gobernador de Morelos, sea usted bienvenido, junto con su señora esposa.

Saludo con especial afecto a mis hermanos del Consejo Interreligioso de México que representan las diversas religiones que están en este país. Sean bienvenidos. Excelentísimo señor Obispo don Carlos Aguiar Retes, Presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano. Muy queridos hermanos, cardenales, arzobispos, obispos, sacerdotes, religiosas y laicos de Cristo Jesús provenientes de todo el mundo. Sean bienvenidos.

Es para mí un honor recibir en el marco del VI Encuentro Mundial de las Familias a tantos hombres y mujeres preocupados por el bien de una de las realidades más importantes de la sociedad humana, que es la familia.
Es para mí como Arzobispo de esta Arquidiócesis un gusto el poder recibir a mis hermanos en el Episcopado y en el servicio que como cardenales hacemos a la Iglesia Universal en comunión con el sucesor de Pedro, su Santidad Benedicto XVI.

Es para mí un honor como mexicano recibir a los representantes de las delegaciones de todos los países aquí presentes.

Cuando hace 18 años, El Papa Juan Pablo Segundo instituyó este tipo de encuentros, lo hizo con la intención de que se le diera un marco adecuado a la reflexión y a la celebración de la realidad familiar; una realidad que ya en estos momentos comenzaba a enfrentar amenazas que hoy vemos hechas una realidad; una realidad que, sin embargo, no ha dejado de constituirse en el baluarte que apoya a tantos y tantos seres humanos que se enfrentan cada vez con más angustia a un mundo despersonalizado y falto de solidaridad.

De verdad la familia sigue siendo un baluarte para familias completas e incompletas. Hace tres años en Valencia, España, el Santo Padre Benedicto XVI nos convocaba a celebrar este encuentro que hoy con tanto gozo comenzamos. Y al hacerlo, nos lanzaba un  reto, el reto de contemplar a la familia como un don para la sociedad humana, una sociedad que necesita caminar iluminada por los valores espirituales y sostenida por los valores humanos.

Para avanzar en este camino de madurez, nos decía el Santo Padre, la iglesia nos enseña a respetar y promover la maravillosa realidad del matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer, que es además el origen de la familia.

Por eso, reconocer y ayudar a esta institución, es uno de los mayores servicios que se puede prestar hoy día al bien común y al verdadero desarrollo de los hombres y de las sociedades, así como la mejor garantía para asegurar la dignidad, la igualdad y la verdadera libertad de la persona humana.

La familia no es sólo una realidad eclesial, es una institución divina y humana, como lo testimonian las preciosas palabras que un padre indígena dirigía a su hija en el Siglo XVI, que por otra parte muestran cómo la familia es parte integrante de nuestra cultura. Decía este padre a su hija: "Aquí estás mi hijita, mi collar de piedras finas, mi plumaje de quetzal, mi hechura humana, la nacida de mí; tú eres mi sangre, mi color, en ti está mi imagen.
Quien quiera que sea tu compañero, ustedes juntos tendrán que acabar la vida, no lo dejes, agárrate de él, cuélgate de él aunque sea un hombre pobre, aunque sea sólo una aguilita, un tigrito, un infeliz soldado, un pobre noble, tal vez cansado, falto de bienes, no por eso lo desprecies. Que a ustedes los vea, los fortalezca el Señor nuestro conocedor de los hombres, el inventor de la gente, el hacedor de los seres humanos, todo esto te lo entrego con mis labios y mis palabras. Así, delante del Señor nuestro, cumplo con mi deber, he cumplido mi oficio, muchachita mía, niñita mía, que seas feliz, que nuestro señor te haga dichosa".

Sean todos ustedes bienvenidos, queridos amigos y hermanos.

Estimados señores y señoras: México les abre de par en par sus puertas y, al mismo tiempo, les abre su corazón, el corazón generoso que ha forjado esta Patria desde su cultura indígena, que con referencia se dirigían a sus padres con los tiernos nombres de Tatzin y Natzin, a través de la riqueza del mestizaje, hasta las modernas realidades, a veces llenas de dolor por la migración y otras llenas de gozo por el consolidarse de un mayor bienestar para la siguiente generación. Bienvenidos al país de la Madre de Dios, Nuestra Señora de Guadalupe y San Juan Diego Cuauhtlatoatzin.

Ellos, con palabras y hechos, nos dijeron que en el corazón de toda cultura está presente Cristo y que desde los valores del cristianismo se puede dialogar con todos los valores que hacen al ser humano alguien lleno de dignidad.

En ese tiempo no eran menores la diversidad que en nuestro tiempo, distinta cultura, distinta religión, distinta lengua y, sin embargo, se hizo nuestra Patria, se hizo un solo México, se hizo América.

Bienvenidos al corazón de cada uno de nosotros que hemos hecho y haremos el mejor esfuerzo para que todos ustedes se sientan en su casa, para que todos experimenten que México es su familia con la que pueden compartir sus valores y así tejer una realidad universal mucho más humana y mucho más cercana a Dios. Que el Señor los bendiga.
 
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miércoles, 14 de enero de 2009
CIUDAD DE MÉXICO, miércoles, 14 enero 2009. Intervención que pronunció este miércoles monseñor Carlos Aguiar Retes, presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, en la inauguración del Congreso Teológico Pastoral del VI Encuentro Mundial de las Familias.
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Saludo cordialmente al señor Presidente de la República Mexicana, el licenciado Felipe Calderón Hinojosa; y a su querida esposa, querida por todo el pueblo, no solamente por el señor Presidente, la señora Margarita Zavala. Bienvenidos.

Saludo también al señor Cardenal Ennio Antonelli, Presidente del Consejo Pontificio para las Familias.

Al señor Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México y anfitrión de este encuentro.

A los eminentísimos señores cardenales aquí presentes, al señor Nuncio Apostólico en México, don Christophe Pierre. A todos los obispos que nos acompañan aquí presentes, bienvenidos. A las autoridades que también se han hecho presentes con nosotros o han enviado a sus distinguida esposas.

A todas las delegaciones que provienen de los diferentes continentes y que hacen internacional este encuentro eclesial e internacional; a las delegaciones nacionales de nuestras diócesis de México; a todos, sean cordialmente bienvenidos.

Queridos participantes del VI Encuentro Mundial de las Familias:

Es un honor darles la más cordial bienvenida en nombre de la Conferencia Episcopal de México, y un gusto recibirlos para celebrar este Congreso que precede el encuentro festivo y que nos permitirá profundizar temas vertebrales sobre la familia y su misión hoy; y también escuchar diversas experiencias y testimonios de lo que la Iglesia realiza en diferentes partes del mundo.

Hace poco menos de dos años, obispos latinoamericanos nos reunimos en Aparecida, Brasil, convocados por el Santo Padre, Benedicto XVI, para celebrar la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe.

Ahí, El Papa, en su discurso inaugural, afirmó que la familia es patrimonio de la humanidad. Por ello, considero que merece valoremos este patrimonio y descubramos la necesidad de conocerlo, protegerlo y favorecer que desarrolle su misión para bien de la misma humanidad.

En esa misma ocasión, el Santo Padre recordó que la familia, cito textualmente, ha sido y es escuela de la fe, palestra de valores humanos y cívicos, hogar en el que la vida humana nace y se acoge generosa y responsablemente.

Sin embargo, en la actualidad sufre situaciones adversas provocadas por el secularismo y el relativismo ético, por los diversos flujos migratorios internos y externos, por la pobreza, por la inestabilidad social y por legislaciones civiles contrarias al matrimonio que, al favorecer los anticonceptivos y el aborto, amenazan el futuro de los pueblos.

Seguía diciendo el Santo Padre, en Aparecida, la familia es insustituible para la serenidad personal y para la educación de los hijos, las madres que quieren dedicarse plenamente a la educación de sus hijos y al servicio de la familia han de gozar de las condiciones necesarias para poderlo hacer y, para ello, tienen derecho a contar con el apoyo del Estado.

En efecto, el papel de la madre es fundamental para el futuro de la sociedad. El padre, por su parte, tiene el deber de ser verdaderamente padre que ejerce su indispensable responsabilidad y colaboración en la educación de sus hijos.

Los hijos, para su crecimiento integral, tienen el derecho de poder contar con el padre y la madre para que cuiden de ellos y los acompañen hacia la plenitud de su vida.

Es necesaria, pues, una pastoral familiar intensa y vigorosa; es indispensable también promover políticas familiares auténticas que respondan a los derechos de la familia como sujeto social imprescindible.

La familia forma parte del bien de los pueblos y de la humanidad entera. Esta breve y, al mismo tiempo, densa descripción nos ayuda a descubrir ya desde el inicio del Congreso la importancia de nuestra participación y el significado de nuestra presencia.

Los obispos de México, conscientes de la gracia que significa la celebración del VI Encuentro Mundial de las Familias en México, nos hemos preparado promoviendo en nuestras Diócesis los temas propuestos por el Pontificio Consejo de la Familia y por la Comisión Organizadora del VI Encuentro Mundial de las Familias.

Ahora, las delegaciones venidas de las 88 Diócesis del país entrarán en contacto con todas las delegaciones de los cinco continentes, que seguramente traerán también sus reflexiones, comentarios y sugerencias.

Confiamos que estos días generarán una mayor conciencia en todos los participantes y un mayor compromiso para trabajar en favor de la familia, lo que beneficiará a la iglesia y a la sociedad en general.

Por ello,  la Conferencia Episcopal Mexicana agradece al Santo Padre, Benedicto XVI, quien se hará presente por medio de videomensajes y en la persona del legado Pontificio, el Eminentísimo señor Cardenal Tarcisio Bertone, Secretario de Estado de Su Santidad.

Agradecemos al Santo Padre que haya decidido la celebración de este VI Encuentro en México.

Asimismo, estamos muy agradecidos con el  Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, por haber aceptado la sede y haber preparado con una comisión organizadora muy eficaz, la logística del VI Encuentro, coordinada por su Obispo auxiliar, Monseñor Jonás Guerrero, y su secretario Monseñor Enrique Glennie.

Expreso también nuestra gratitud al señor Cardenal Ennio Antonelli, quien tan pronto fue designado Presidente del Pontificio Consejo de la Familia, asumió con entusiasmo y esperanza la coordinación del  Encuentro, y quiso acompañar a los obispos de México en la reciente asamblea plenaria para compartir los trabajos preparatorios.

Hago público un agradecimiento a Monseñor Rodrigo Aguilar, Obispo de Tehuacán, quien como Presidente de la Comisión Episcopal para la Pastoral de la Familia, Juventud y Laicos, acompañó de parte de la Conferencia los trabajos preparatorios, uniéndose a la comisión central organizadora.

Finalmente, vaya nuestra sincera gratitud a quienes de distintas maneras han colaborado, y lo seguirán haciendo en estos días. Que Dios sea su recompensa.

Los invito también, desde estos primeros momentos, a recordar agradecidos la insigne figura del Siervo de Dios, Juan Pablo II, quien lanzó esta iniciativa de convocar los Encuentros Mundiales de las Familias, y también recordar a su fiel colaborador, el Cardenal Alfonso López Trujillo, que de Dios goce.

Queridos participantes de este VI Encuentro Mundial de las Familias: Siéntanse en su casa y vivan intensamente estos días en los que, sin duda, se derramará el espíritu de Dios en nuestros corazones para descubrir juntos lo que nuestro Padre Dios quiere que hagamos para que la familia e Iglesia doméstica siga siendo la formadora de los valores humanos y cristianos.

Sean bienvenidos, en el nombre del Señor Jesús y de los obispos de México.

Muchas gracias.